Hoy hemos tenido día libre y hemos aprovechado para visitar la Catedral de Sal de Zipaquirá. Un lugar impresionante, nacido de la devoción de los propios mineros, con grandes espacios excavados en la roca e imágenes de la cruz que invitan al recogimiento y a la oración. Aunque queda un sentimiento un poco agridulce al encontrarte un lugar tan espiritual lleno de turistas —nosotros también lo somos— que hacen difícil encontrar el silencio.
Pero hoy he descubierto también lo importante que es tener un día libre en un encuentro como este. Sin horarios ni una agenda apretada. Un día para hacer algo profundamente marianista: la presencia. Simplemente estar con el otro, mirarnos a los ojos, hablar, escuchar y compartir. Y descubrir que mi comunidad de Valencia es tan distinta y, al mismo tiempo, tan parecida a una comunidad de Buenos Aires, de Ohio, de Fulda, en Alemania, o de Zambia. Y sentir de verdad, en el corazón, que somos familia. Una familia extendida por todo el mundo.
Y pienso en Chaminade y Adela. En lo bonito que es decir SÍ a Dios con radicalidad, sin medida y sin miedo. Ellos dijeron sí y Dios multiplicó por mil aquello que pusieron en sus manos. Hoy, tantos años después, estamos viendo los frutos de aquel sí y de los síes de tantos que vinieron después. Tenemos que tener fe, dejarnos llevar y atrevernos a decir sí. Porque cuando decimos un sí tibio, lleno de miedos, las cosas no terminan de arrancar. Decir SÍ da frutos.
Cuando empecé en mi pequeña fraternidad, mi mundo marianista era esa pequeña comunidad. Después descubrí que formábamos parte de una zona y empecé a sentirme parte de algo mayor. Pero somos parte de algo muchísimo más grande: miles de laicos marianistas repartidos por el mundo, hermanos y hermanas que compartimos una misma familia y un mismo carisma. Nos necesitamos unos a otros.
Así que hoy te dejo dos preguntas y una invitación: ¿Te sientes parte de una familia marianista mundial? Porque lo eres. ¿A qué te está pidiendo Dios que digas SÍ?
Demos gracias a Dios por el regalo de esta familia y sintámonos también comprometidos con el legado de nuestros fundadores: llevar a Jesús a un mundo con tanta gente sola, perdida y sin esperanza, que necesita descubrir el amor de Dios.
Digamos SÍ. Dios se encargará de multiplicar los frutos.










